Las tradiciones, como todo en esta vida, tienen su parte positiva y la negativa, también.

Pero este fin de semana hemos cumplido una de las que ya llevamos varios años respetando. Porque sí. Porque queremos. Porque nos gusta.

Ir a Polán (Toledo) y después al mismo Toledo, a comprar polvorones, mazapán y demás delicias Navideñas marcan el comienzo de la Navidad entre nosotros. Mis amigos. Los que siempre están. Los que nunca fallan.

Es cierto que, este año, el espíritu de la Navidad anda algo despistado. Claro que como siempre le hemos dejado vagar entre las compras, el consumismo y todo lo que suena a superficial, es muy complicado que, con la crisis que se ha adueñado de nuestras vidas, pueda sobrevivir. Aunque, parece ser que estos días de fiesta, Madrid estaba superpoblada y las calles sobrecargadas de gentes que sólo querían sucumbir ante todo lo que encontraban a su paso.

Pero hay otro duende navideño que, nunca, nunca, podrá desaparecer. Aunque suene tópico. Aunque nos parezca anticuado. A pesar de que a  muchos les de hasta vergüenza confesarlo.

Es el duendecillo que comparte, que se olvida de sí mismo, que ayuda, que es capaz de perder un rato para dárselo a los que lo necesitan más. Es esa  necesidad de ser un poco más feliz en estas fiestas, de tener más paciencia, más alegría, más amor en definitiva.

Y, aunque suene cursi o algo trasnochado, para mí ya ha empezado la Navidad. Con el simple hecho de reír con aquellos a los que quiero. Con disfrutar de una tarde en el coche, paseando mientras charlamos, mientras compartimos nuestras vidas....camino de un trocito de mazapán.